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April 14, 2010

Don Quijote No Ha Muerto




Puede que sea una sorpresa para muchos, pero don Quijote todavía vive, y en un lugar donde nadie lo imaginaría. Don Quijote vive ahora en Tucumán, mi ciudad natal en el norte de la Argentina.

No viste armadura sino, a pesar de la temperatura, traje y corbata. Probablemente lleve fajos de papeles, algunos de ellos expedientes legales que le permiten perseguir y enfurecer a sus enemigos. Afortunadamente, sus enemigos son los de la civilidad, la decencia y el honor.

Es de estatura mediana, cara alargada con barba corta, nariz aquilina y ojos penetrantes, entre verdes y azules. Son ojos serios y decididos.

Aunque no es abogado, sus conocimientos legales son enciclopédicos y probablemente superiores a los de cualquier letrado, algo que utiliza para perseguir a los pillos. Trabaja como director de una empresa de construcciones, pero —para consternación de su mujer— deja de lado cualquier actividad para seguir su obsesión.

Lo que más lo identifica no es su aspecto físico, sino más bien su devoción por luchar por causas injustas. En español hay una frase maravillosa que lo define totalmente: «defensor de pobres, menores y ausentes».

Sus derrotas no le hacen mella. Protestó vigorosamente cuando el gobierno argentino otorgó una medalla de honor al general Augusto Pinochet, enviando docenas de cartas a las autoridades argentinas.

Sus protestas fueron desoídas y el general Pinochet recibió su condecoración. Presentó entonces una moción especial para prohibirle usar su medalla, alegando que Pinochet había ayudado a los ingleses contra los argentinos durante la guerra de las Malvinas. Su moción fue denegada una vez más.

Cuando Pinochet murió, nuevamente presentó una moción a las autoridades solicitando que la familia devolviera la medalla. La moción fue otra vez denegada. «Este no es el fin de esta historia», me dijo después, mortificado.

Un incidente reciente lo muestra de cuerpo entero. Durante mucho tiempo fue una fuente de irritación para los tucumanos que al lado de la casa de gobierno hubiera un edificio de departamentos de doce pisos cuya pared contigua estaba cubierta con el logo de una empresa internacional de bebidas gaseosas.

Para los tucumanos parecía que la empresa fuera dueña del gobierno de la ciudad. Aunque irritados, los ciudadanos comunes no podían hacer nada.

Vivo en Nueva York y visito a mi familia en Tucumán por lo menos una vez al año. Durante una de mis visitas caminaba con don Quijote cuando vi el logo que abarataba no sólo la casa de gobierno, sino todos los alrededores. No pude evitar comentar a mi amigo que ese enorme logo afeaba la zona.

«No se preocupe», me dijo, «muy pronto ya no estará allí». Me reí descreído.

«¿Quién va a borrarlo?», pregunté. Se dio vuelta y me contestó: «Yo».

Volví a reírme. Afortunadamente, no pareció enojarse por mi reacción. No se lo dije, pero me preguntaba cómo iba a hacer algo que ni los funcionarios del gobierno habían podido hacer: derrotar a una de las empresas internacionales más poderosas del mundo.

En mi siguiente visita a la ciudad ya no estaba el logo. La enorme pared estaba totalmente pintada de blanco. Sorprendido, llamé a mi amigo y le pregunté qué había ocurrido. «¿No le dije que lo borraría?», dijo orgullosamente. Entonces me dio algunos de los detalles de la operación.

Había contactado arquitectos y funcionarios de la municipalidad que estaban de acuerdo con él pero que no habían podido obligar a la empresa a quitarlo. Había intereses muy poderosos detrás del logo que ocupaba el mejor espacio de la ciudad, le explicaron. A pesar de eso, don Quijote presentó varias quejas legales a las autoridades, aunque inútilmente. Siguió luchando sin inmutarse.

Finalmente, después de nueve meses de incansable lucha («fue un parto», me dijo), encontró un resquicio legal y pudo obtener un decreto municipal que obligaba a la empresa a quitar el logo ofensivo.

Después de muchas derrotas, éste era obviamente un importante logro para mi amigo. No pude sino preguntarle, «¿Por qué continúa luchando por todas esas causas perdidas que son tan costosas, le insumen tanta energía, y no le producen ningún beneficio financiero?».

Me miró tristemente y respondió: «Porque si no lo hago, me enfermo».


César Chelala es un médico y escritor argentino, co-ganador del premio Overseas Press Club of America por un artículo sobre derechos humanos.

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